viernes, 30 de agosto de 2013

ACTITUD DEL NARRADOR


Cuando hablamos del narrador, solemos detenernos en el punto de vista, es decir, en la posición que adopta ese narrador a la hora de contar y también en qué es lo que ve desde dicha posición (si está en tercera, primera, es interno o externo, etc.)

Sin embargo, cuando uno se refiere a la actitud de ese narrador, entiende más bien cuál es su postura psíquica, su centro de interés. Anderson Imbert diría al respecto: “sus inclinaciones de ánimo, los rumbos de su curiosidad, el criterio con que estima la importancia de esto o aquello, en fin, las cualidades morales, intelectuales y artísticas de su personalidad “ (1979; 111).

De esta manera podemos decir que un narrador puede usar el mismo punto de vista (por ejemplo en primera persona)  pero tener distintos puntos de interés.

¿En qué medida es importante esta actitud del narrador? Y la respuesta es simple: según como es esa actitud es lo que elegirá contar y precisamente en esa selección está cualquier principio del arte.  Lo que se elige es mucho más que el punto narrativo; Anderson Imbert diría que esa selectividad está en: el punto de vista, en la trama, en la caracterización, en la secuencia narrativa, en el dónde y en el cuándo de la acción, en el modo de iniciar o concluir una serie de hechos, en el tema, en el estilo, en fin, en todos los componentes que el crítico analiza en un cuento” (1979; 111).

Hay que tener en cuenta que en esa voluntad de elegir se incluyen no sólo lo que se quiere sino también lo que se rechaza. De hecho, los silencios también son una opción para ese narrador y en la literatura tienen un valor altamente significativo  ya que  reclaman (intencionalmente)   la total cooperación imaginativa del lector. Stevenson decía al respecto, que “la regla de oro del arte literario es omitir”. Lo que sea omitido por el narrador no significa que sea inaccesible para el lector.

Y teniendo en cuenta  ese interés manifestado por el narrador, devienen necesariamente las nociones de subjetividad y objetividad.  Es preciso enfatizar en la cuestión de que si hablamos de un interés que hay en determinado narrador, nunca la absoluta objetividad será posible, ni siquiera cuando se utilice la tercera persona y se evite todo juicio. Porque en la medida en que un narrador de este tipo decide cambiar la focalización de un personaje a otro, por más que se muestre totalmente despersonalizado, eso ya muestra cierta subjetividad u objetividad relativa.

Si pensamos en un caso en que un narrador pretenda mostrarse “objetivo” podemos remitir a esos que se presentan  como meros traductores de manuscritos, editores, etc. cuyo principal efecto es hacer parecer su relato más verosímil. Esto es lo que ocurre con el mismísimo narrador de Don Quijote de la Mancha. Y aun pareciendo este narrador  el más objetivo posible, no deja de estar, sin embargo, lejos de esa pretendida objetividad, ya que quien pretende hacer que algo sea verificable dentro del mundo del arte –cuando sabemos que no lo es- lo único que termina haciendo es complejizando aún más el artificio.