lunes, 16 de enero de 2012

“Unidades narrantes” y “unidades no narrantes” (1)
En la mayoría de los cuentos es factible reconocer “unidades que narran” y “unidades que acompañan y complementan la narración”. En el primer caso, estaríamos hablando de unidades narrantes, que son, en otras palabras, los núcleos narrativos de una historia. Por ejemplo:
-Juan viajó a Inglaterra
-Conoció a Sara
-Ambos comenzaron una relación
-Sara se dejó morir.
Groseramente, lo anterior podría ser una secuencia de unidades  narrantes, ya que la supresión de una unidad afecta a la coherencia de la historia.
Pero además,  los cuentos suelen incluir también unidades no narrantes que sostienen la narración y que, sin ser un mero ornamento, la resignifican. Ejemplos de ellas pueden ser, como en los cuentos policiales, los indicios, que han sido colocados por el narrador como pistas, o para completar el ejemplo anteriormente expuesto, podríamos señalar (en verde):
--Juan viajó a Inglaterra porque tenía diferentes propuestas de trabajo y siempre había añorado conocer ese país
-Conoció a Sara que era una mujer muy introvertida pero muy predispuesta a osados desafíos
-Ambos comenzaron una relación de idas y vueltas y promesas de un matrimonio
-Sara se dejó morir. (Puede ser un indicio que infiera el lector o que dé lugar a unidades narrantes no dichas).
Estas unidades en los cuentos serían, si la metáfora lo permite, como las puntadas, las trenzas o los enlaces que pueden hacerse en un tejido cualquiera. ¿Cómo se cristalizan en un cuento? Se aprecian a través de indicios, expansiones o  “relieves” y solemos reconocerlos por las descripciones. Todos son fácilmente perceptibles  porque si se los quita no alteran la narración, pero su presencia muchas veces resignifica la actitud de un personaje, contrasta acciones, acentúa ciertas partes a partir de una repetición, etc., lo que implica que son elementos  estilísticamente importantes.
Como dice Anderson Imbert, en estos casos, el narrador “trabaja como el repujador de una chapa, de metal o un corte de cuero, hundiendo y levantando trazos”. Mientras que en un “relieve” se trabaja  sobre el texto verticalmente, en una “transición”, por ejemplo, el narrador liga acontecimientos en una dirección horizontal.
Lo que el narrador debe  tener en cuenta cuando trabaja con las  unidades no narrantes es saber cuáles son funcionales a la historia, qué necesita ser dicho y qué se pretende dejar al lector.
Para ilustrar la cuestión, tomemos por ejemplo el cuento leído de Lugones, “La estatua de sal”. El uso de distintos tiempos verbales permite dar cuenta e identificar lo dicho anteriormente:
Quien no ha pasado alguna vez por el monasterio de San Sabas, diga que no conoce la desolación. Imaginaos un antiquísimo edificio situado sobre el Jordán, cuyas aguas saturadas de arena amarillenta, se deslizan ya casi agotadas hacia el Mar Muerto, por entre bosquecillos de terebintos y manzanos de Sodoma. En toda aquella comarca no hay más que una palmera cuya copa sobrepasa los muros del monasterio. Una soledad infinita, sólo turbada de tarde en tarde por el paso de algunos nómadas que trasladan sus rebaños; un silencio colosal que parece bajar de las montañas cuya eminencia amuralla el horizonte. Cuando sopla el viento del desierto, llueve arena impalpable; cuando el viento es del lago, todas las plantas quedan cubiertas de sal. El ocaso y la aurora se confunden en una misma tristeza. Sólo aquellos que deben expiar grandes crímenes, arrostran semejantes soledades. En el convento se puede oír misa y comulgar. Los monjes que no son ya más que cinco, y todos por lo menos sexagenarios, ofrecen al peregrino una modesta colación de dátiles fritos, uvas, aguas del río y algunas veces vino de palmera. Jamás salen del monasterio, aunque las tribus vecinas los respetan porque son buenos médicos. Cuando muere alguno, le sepultan en las cuevas que hay debajo a la orilla del río, entre las rocas. En esas cuevas anidan ahora parejas de palomas azules, amigas del convento; antes, hace ya muchos años, habitaron en ellas los primeros anacoretas, uno de los cuales fue el monje Sosistrato cuya historia he prometido contaros
El uso del tiempo verbal en presente pone en relieve el lugar donde ocurrieron los hechos que se desarrollarán. Este no sólo coincide con el presente de la enunciación de quien narra sino que le da un efecto de mayor subjetividad y verosimilitud.
Posteriormente,  el narrador utiliza el relieve en tiempo pretérito para dar cuenta de la historia referida:
Sosistrato era un monje armenio, que había resuelto pasar su vida en la soledad con varios jóvenes compañeros suyos de vida mundana, recién convertidos a la religión del crucificado. Pertenecía, pues, a la fuerte raza de los estilitas.
Si de unidades narrantes se trata, podríamos señalar estas:
Transcurrieron siete días. El caminante refirió su peregrinación desde Cesarea a las orillas del Mar Muerto, terminando la narración con una historia que preocupó a Sosistrato.
Entonces aquel espectro aproximó su boca al oído del cenobita, y dijo una palabra. Y Sosistrato, fulminado, anonadado, sin arrojar un grito, cayó muerto

En síntesis,  las unidades narrantes (qué pasó) forman el esqueleto del cuento,  mientras que las unidades no narrantes (cómo y por qué pasó) serían los nervios y articulaciones que se entrelazan para darle vida al relato.

1)       Tomo el término de Anderson Imbert de Teoría y Técnica del cuento