lunes, 2 de abril de 2012

LOS CLÁSICOS DE SIEMPRE

En su libro “Teoría y técnica del cuento” Anderson Imbert dice algo muy lúcido que nos invita a repensarnos no sólo como lectores sino también como promotores de la lectura en la escuela:

“De los cuentos se pueden sacar muchos contenidos. La materia leída es la misma pero cada lector abstrae lo que le interesa más” (pág. 183)

Y entonces pensaba en esas grandes obras que trascienden los siglos y cuya lectura, aun siendo tan diferentes  los lectores que pasean por sus páginas,  se ilumina una y otra vez. Y hablo particularmente de esa magia que despiertan los clásicos sobre todo.

Hay un librito que leí y releí, editado en 1948. Es de Ramiro De Maeztu y se llama “Don Quijote, Don Juan y La Celestina”. Vaya obras.

En su prólogo dice algo que me gusta, porque creo que explica por qué obras como estas (se podría pensar en alguna que no sea española como Hamlet) son atemporales, leídas y releídas sin dejar de gustar.

Señala de Maeztu en su prólogo: “El hecho de que todas, digo “todas”, las grandes obras literarias, figuras y situaciones, se nos presenten preñadas de problemas morales no puede discutirse”. ¿Cómo, entonces, sustraerse a la conclusión de que son los conflictos morales del hombre los que hacen destacarse ciertas situaciones de la fantasía, sencillamente porque en ella se encuentran expresados?”

Y qué cierto es. Esas grandes obras son lo que son porque están ceñidas al aspecto moral que les da vida. Como dice  de Maeztu “la imaginación no crea en el vacío sus figuras, sino movida por los deseos y temores que sacuden el alma”.

Y si no veamos esta hermosísima cita de la entrañable obra de Cervantes, “Don quijote de la Mancha”:

"Hoy es el día más hermoso de nuestra vida, querido Sancho; los obstáculos más grandes, nuestras propias indecisiones; nuestro enemigo más fuerte, el miedo al poderoso y a nosotros mismos; la cosa más fácil, equivocarnos; la más destructiva, la mentira y el egoísmo; la peor derrota, el desaliento; los defectos más peligrosos, la soberbia y el rencor; las sensaciones más gratas, la buena conciencia, el esfuerzo para ser mejores sin ser perfectos, y sobre todo, la disposición para hacer el bien y combatir la injusticia donde quiera que estén'.

Qué mejor ejemplo que el de este perdido caballero, vapuleado por un siglo anacrónicamente ajeno, pero que sin embargo es sostenido por esa fuerza humana de justicia que lo hace trascender y sobrevivir en los lectores por más de 400 años.

También podemos mencionar a Ulises en la famosa “Odisea” de Homero a quien la ira de Poseidón lo arrastra al calvario del padecimiento en su regreso a Itaca y el dilema lo sacude:

«¡Ay de mí! ¿Qué me va a suceder? ¿Qué me sobrevendrá por fin? Si velo junto al río durante la noche inspiradora de preocupaciones, quizá la dañina escarcha y el suave rocío venzan al tiempo mi agonizante ánimo a causa de mi debilidad, pues una brisa fría sopla antes del alba desde el río. Pero si subo a la colina y umbría selva y duermo entre las espesas matas, si me dejan el frío y el cansancio y me viene el dulce sueño, temo convertirme en botín y presa de las fieras.».(canto V)

¿Acaso puede separarse el dilema existencial del aspecto moral? ¿Cómo no recordar al mismísimo Hamlet, quien en esa duda se debate entre el padecimiento pasivo y resignado y  la rebeldía y el enfrentamiento de las causas adversas?

Ser, o no ser, es la cuestión! -¿Qué debe
más dignamente optar el alma noble
entre sufrir de la fortuna impía
el porfiador rigor, o rebelarse
contra un mar de desdichas, y afrontándolo
desaparecer con ellas?

Ese batallar del ánimo ante el devenir humano es lo que hace que esos personajes tan emblemáticos trasciendan la obra y se inmortalicen en nosotros.