jueves, 26 de julio de 2012

METÁFORA

Metáforas en la literatura, en discursos políticos y en alguna charla con la abuela. Las metáforas están por todas partes. ¿Pero qué es realmente, cómo se crea  y por qué está presente en distintos géneros discursivos? Bienvenidas sean estas preguntas.

Empezaré entonces por su etimología. Este sustantivo se compone de dos partes de origen latino: meta (trasladar, mover hacia, más allá) y fora (del verbo fero, que significa llevar). Resultado: llevar o trasladar más allá. De ahí que sea definida como “entender y experimentar un tipo de cosa en términos de otra” (Lakoff, (1980)). En otras palabras, diríamos que se trata de expresiones que se utilizan para decir algo que usualmente no dicen.

En primer lugar, para erradicar esa idea de que la metáfora es una forma más bella de decir algo, partiré de una metáfora cotidiana, cuya finalidad no es meramente estética. Veamos.

Estamos en una reunión y escuchamos que “ a Fulano le falta un tornillo”. Si no conociéramos toda la impronta cultural y connotativa que envuelve a una lengua sucedería que la interpretaríamos en su sentido literal o denotativo: A Fulano le falta un tornillo (y debe ir a comprar más para terminar de amurar una madera). Quizás así la interpretaría un extranjero o un niño pequeño.

Sin embargo, sabiendo que Fulano no está en sus cabales, no lo dudaremos: entenderemos la expresión “ a Fulano le falta un tornillo” en su sentido metafórico de “estar loco, ser irracional, etc,”. Parece obvio. ¿Pero cómo se llega a la metáfora?

Para que exista una metáfora debemos hacer (o bien hacemos inconscientemente en este caso) dos operaciones: comparamos dos elementos y luego sustituimos uno por otro. Eso es, comparación y sustitución. Graficaré la cuestión hasta aquí:

Resultado metafórico
Origen literal
A Fulano le falta un tornillo
A Fulano le falta la razón  (es irracional, loco)


Puestas cara a cara podemos ya apreciar la primera operación: la semejanza o comparación.

Tornillos se compara con razón o raciocinio. De hecho, un tornillo permite la articulación de las partes  y permitir el funcionamiento adecuado de un objeto. Y, por su parte, la razón permite la articulación comprensible de las ideas, si se quiere.

Después que encontramos los elementos de la comparación, se lleva a cabo la segunda operación: la sustitución.

De esta forma, como tornillo es similar a raciocinio, se traslada la palabra tornillo al lugar que ocupaba raciocinio y ahí tenemos la metáfora; A Fulano le falta un tornillo (en lugar de raciocinio). Este último término fue desplazado y ya no se menciona. En la metáfora, la comparación inicial queda implícita.

Muchas veces me pregunté por qué esa necesidad de la metáfora en la vida cotidiana. Y quizás es simple: el ser humano necesita referirse al mundo de distinta manera, hablar de algo en términos de otra cosa, y generalmente es para ilustrar realidades más complejas o abstractas a partir de un campo concreto y conocido. He escuchado, por ejemplo, hablar de los ingredientes que tiene una película o de la manera en que se “cocinó” el libreto. Y es cierto: explicar algo (en este caso las características de un nuevo film) en términos culinarios, lo hace más ilustrativo, comprensible y atractivo.

Pero veamos ahora un ejemplo de la metáfora en poesía*, un poema de Góngora (siglo  SVII) que se refiere a la caverna como “formidable bostezo de la tierra”. Aquí la caverna se compara con un bostezo y encontramos varios rasgos compartidos entre ellos (redondez, humedad, profundidad, oquedad, oscuridad). Sin embargo, no es una mera comparación sino una metáfora porque el término referido caverna desaparece luego de la sustitución por bostezo.

Hay algo interesante en la confección de una metáfora estilística y es como dice Alma Maritano (1), se trata de “des-realizar el objeto”.  Des-realizar un objeto significa producir en el  lector un efecto estético en la medida en que ni la caverna ni el bostezo serán percibidos ya en su apariencia original y convencional.

Es posible que la comparación tácita entre caverna y bostezo hoy les resulte obvia. Esta impresión tiene una explicación:cuanto más elementos de semejanza tienen en común los elementos comparados, más obvia es la metáfora. (Yo había mencionado cinco y podríamos agregar otros). Sin embargo, nadie le objetaría falta de creatividad al mismísimo Góngora, ya que esa metáfora fue elaborada hace nada más ni nada menos que hace 400 años. A quien no se lo perdonaríamos  (no le perdonamos) de ningún modo es a Ricardo Arjona.

Entonces, volvamos a lo nuestro. La metáfora literaria contemporánea  o actual se diferencia de la metáfora clásica (como la de Góngora) en que los elementos de la comparación tienen quizás sólo un rasgo de comparación, lo cual los sitúa muy alejados entre sí.

Para graficar esto último, voy a hacer referencia a un muy claro ejemplo que leí una vez en Maite Alvarado, que hace mención al extraordinario Federico García Lorca.  Ella cita una metáfora del  Romance de la Pena Nueva, que dice así: “ Yunques ahumados sus pechos/ gimen canciones redondas” . Algo podemos anticipar: pechos se está comparando con yunques. Hasta ahí todo bien pero, ¿qué dato real tenemos en común de ambos conceptos? Seguramente un único rasgo: la dureza. Sólo uno. Y esto sucede porque esos elementos están bien alejados o son disímiles, lo cual permite que siendo así, la metáfora sea por demás sugerente y original.

Es tan extraordinario Lorca en la originalidad de esta metáfora que al introducir luego el verbo “gemir”, también deja tácita una comparación: suena el yunque al ser golpeado por el martillo como suena el pecho golpeado por el dolor. Y hay más: Esos pechos, secos como yunques, contienen, latentes, canciones de cuna. Estas son si se quiere esencialmente redondas, por eso queda tan oportuno el adjetivo allí.

Y a la luz de esta formidable metáfora lorquiana debo agregar un concepto que está muy ligado a estas maravillosas metáforas; el de condensación. Condensar es buscar el mayor efecto expresivo con el menor número de palabras. Buscar un adjetivo oportuno, un verbo insólito, etc. En otras palabras, hay que evitar el lugar común, lo obvio, lo superficial, lo arjónico. Divino desafío si los hay.



*Alma Maritano “Taller de Escritura. Colihue. Buenos Aires, 1994